Martes 3 a.m.
by pdalvarez
Me desperté con dolor de cabeza. En algún lugar del mundo eran las tres de la mañana y a mi lado una señora regordeta que antes de que despegara el avión, había llamado a su marido, a su hijo y a su padre como miamormividamicielo, roncaba como si hubiese pasado años sin dormir. Y a mí me dolía la cabeza a diez mil metros de altura.
Pude dormirme una o dos veces más antes de que prendieran las luces, nos dieran de desayunar y el avión aterrizara casi sin que nos diéramos cuenta. No hubo aplausos al piloto (gracias a la Virgen Inmaculada de Todos los Vuelos Tranquilos) y la gente fue bajando del avión sin empujarse, como si no tuviera apuro en llegar a ningún lado.
Y después de las filas y las aduanas y las migraciones, por fin, el frío de un invierno que ya se está yendo, los taxis amarillos conducidos por gente de cualquier lugar (mi taxista se apellidaba Hussein y no quise hacer ningún chiste, ninguna broma, ningún comentario, por las dudas) y ese perfil que vimos durante diez temporadas en el comienzo de Friends, y el puente, y el río.
Porque New York es una ciudad en la cual uno tiene la sensación de haber estado antes, por más que esa sea la primera vez que estás. Porque tantos años de películas, de series, de libros, hacen que la ciudad se vaya metiendo en nuestro inconciente y que todas las esquinas nos parezcan conocidas. Porque seguramente vimos todas las esquinas en algún lado y por que, seguramente, todos vivimos en New York en alguna vida, pasada o futura.
Y cuando escribo esto llevo veinticuatro horas despierto (en algún lugar son las tres de la mañana) y el dolor de cabeza sigue aquí, como una tasa aeroportuaria mientras dieciisiete pisos más abajo, la ciudad que nunca descansa simula descansar y la gente sale de los teatros de Broadway hablando del bigote de Ricky Martin y de lo bien que canta esa chica que hace de Evita.
Ya estuvimos aquí o nunca estuvimos aquí. No importa demasiado, porque todas las ciudades son la misma ciudad, todos los parques son el mismo parque y todas las personas, tal vez, seamos la misma persona.
Será cuestión de apagar la computadora y soñar pensando que me despierto a las tres de la mañana de algún lugar y a mi lado nadie ronca y en lugar de estar yéndome, estoy volviendo a algún lugar, a alguna ciudad que no sea todas las ciudades, sino solo una que nos quiera y nos proteja del frío, veinticuatro horas después.